¿Qué hago con esta rabieta?

¿Qué son las rabietas?

Las rabietas infantiles son expresiones emocionales intensas empleadas por los más pequeños para expresar emociones negativas de impaciencia, rabia, enfado y, sobre todo, frustración.

Generalmente las rabietas comienzan a partir de los 16 meses edad y pueden durar hasta el final de la primera infancia. Sin embargo, son más frecuentes durante el periodo que transcurre durante el segundo y el tercer año de vida, momento en el que los más pequeños comienzan a tener la necesidad de afirmar su independencia y autonomía. Finalmente, disminuyen hacia los 4 años, a medida que el niño va perfeccionando sus habilidades lingüístico-comunicativas, lo que les permite manifestar sus ideas, deseos y sentimientos a través del lenguaje verbal.

Las rabietas forman parte del desarrollo normativo del niño y, aunque para nosotros es una fase incómoda y difícil de sobrellevar, permite a nuestros hijos e hijas aprender a expresar y gestionar mejor sus emociones negativas y tolerar mejor la frustración desde los primeros años. Se trata, por lo tanto, de una oportunidad para enseñarles habilidades emocionales que les ayuden a adquirir madurez interna y que repercutan en el logro de su bienestar y felicidad.

¿Por qué se producen?

Para explicar el motivo de por qué se origina una rabieta, es importante hacer referencia al establecimiento del vínculo afectivo. Cuando nace un bebé necesita a su alrededor personas que le cuiden, que le mantengan a salvo y que, en definitiva, permitan su supervivencia. Con estas personas el bebé va a ir construyendo desde el primer día un vínculo de apego, que será más seguro cuanto más óptimamente se cubran sus necesidades básicas de alimento, sueño, higiene, contacto, amor, etc. Este vínculo será determinante en el desarrollo integral del bebé, sobre todo en lo que respecta a elementos de su personalidad y desarrollo socio-emocional, como son su independencia, autonomía y autoestima.

En torno a los 2 años, la supervivencia del niño ya está garantizada y lo que ahora necesita es comenzar a afianzar su autonomía e independencia, pues va siendo consciente de que puede hacer más cosas por sí mismo. Es en este momento cuando el pequeño debe enfrentarse al cambio que supone pasar de ser bebé a ser un niño. Y, como todo cambio, va a esta repleto de emociones contradictorias, por lo que el niño necesitará el amor y la paciencia de sus padres.

Son esas emociones contradictorias las que ocasionan las tan temidas rabietas. El bebé durante los primeros 12-24 meses ha experimentado grandes avances a nivel madurativo. De hecho, ya sabe caminar, correr, se comunica mejor con las personas de su entorno, come solito, etc. Sin embargo, aún no puede expresar adecuadamente lo que desea, siente o necesita y puede llegar a ofuscarse cuando nosotros no lo entendemos o cuando no recibe una respuesta inmediata y positiva por nuestra parte ante una petición o deseo. Asimismo, está en una etapa en donde va a querer hacer mucho más de lo que puede y va a ir acumulando frustración derivada de ello. Estas situaciones pueden ocasionarle un conflicto emocional interno, una rabieta, que no es más ni menos que la expresión de una emoción intensa y negativa manifestada corporalmente. Por eso, debemos tener presente que detrás de cada acto adecuado o inadecuado de nuestro pequeño hay una emoción que necesita ser atendida afectuosamente.

¿Cómo actuar ante las rabietas de mi hijo?

La clave para actuar ante las rabietas de nuestros hijos e hijas es ir acompañándolos emocionalmente en el momento en el que se producen.

A estas edades, la conducta de nuestros pequeños es moldeable. Nosotros somos sus modelos de referencia y esto nos permite poder prevenir, actuar y contribuir a que no empleen conductas inadecuadas. Es cierto que es una tarea que requiere mucha paciencia, pero con determinación y amor podremos lograrlo. Para ello, algunas de las actuaciones que podemos llevar a cabo son:

· Prevenir las situaciones que puedan desencadenar en una rabieta.

Dedicar tiempo a atender positivamente a nuestros hijos y a observar su conducta, nos ayudará a prevenir rabietas al ir haciéndoles conscientes de sus comportamientos positivos. De esta manera, los padres seremos más conscientes de en qué situaciones o en qué momentos nuestros pequeños pueden presentar una rabieta. Por ejemplo, si están cansados o tienen hambre, puede ser más probable que sufran una rabieta si ven que nosotros no atendemos esa necesidad.

Asimismo, marcar límites sanos y claros y hacerle saber las rutinas y actividades que vamos a realizar, les hará conscientes de las cosas que podrán o no podrán realizar a lo largo del día y les dará seguridad.

· Emplear actos de distracción

Atender positivamente a nuestros pequeños también nos permitirá identificar los primeros signos de alarma que nos indican que pueden estar perdiendo el control (apretar fuerte los puños, estar inquietos, mostrarse agobiados...). En estos momentos podemos recurrir a algunos "juegos improvisados" como cantar juntos una canción, jugar juntos con sus juguetes favoritos, decir el color de los coches que vemos en la calle, contar las baldosas del suelo... De esta manera, el niño empezará a prestar atención a otros detalles y no a la sensación negativa que estaba experimentando previamente.

· Acompañar emocionalmente a nuestro hijo

Cuando no hemos podido ni prevenir ni distraer a nuestro pequeño y se manifiesta la rabieta, lo mejor que podemos hacer es acompañar emocionalmente al niño sin entrar a valorar su comportamiento. Debemos recordar que la rabieta no es un chantaje, sino un conflicto interno provocado por no saber cómo gestionar una emoción negativa y si dejamos solo a nuestro hijo o lo ignoramos probablemente se pondrá más nervioso.

Tampoco debemos perder nosotros el control. Es nuestro pequeño quién no es capaz de controlar sus emociones porque está inmerso en ese aprendizaje. Las rabietas son un fenómeno normal y no se dan por culpa de nadie. Entonces, ¿qué cosas podemos hacer para que deje de comportarse así?

Lo mejor que podemos hacer es ser capaces de transmitir nuestra calma al niño; estar presentes y cerca de él para que sepa que estamos a su lado, que le queremos y que nos importa cómo se siente; y dejarle espacio y tiempo para que se exprese libremente y logre calmarse. En estos casos podemos cambiarnos de habitación, hacer que hablamos por teléfono, etc. Es muy importante que respetemos su tiempo. No servirá de nada decirle que se calme una y otra vez porque es algo que él ya está intentando hacer y posiblemente se frustre aún más.

Habrá momentos en los que el pequeño esté tan frustrado y haya perdido tanto el control que no consiga calmarse. En esos momentos, no debemos perder los nervios. Todos hemos experimentado sensaciones que nos han desbordado y lo que nos ha calmado ha sido una respuesta afectuosa, cordial y reparadora. Por ello, lo mejor que podemos hacer es recurrir al contacto físico para conectar con él: abrazarle, hablarle con un tono cálido, sentarnos a su lado, escuchar sus necesidades, permitirle dedicar un tiempo a sentir esa emoción, acompañarle en esos momentos hasta que logre serenarse... Llegados a este punto, es importante señalar que un error que los padres cometemos a menudo es agarrar o sujetar a nuestro hijo en medio de una rabieta. Es algo que no debemos hacer porque ellos la emplean para descargar la tensión emocional y calmarse. Si lo hacemos solo conseguiremos que se frustren, se sientan peor y dure aún más tiempo la rabieta.

Una vez transcurrida la rabieta, podremos hablar con nuestro pequeño y ver de qué manera podemos abordar mejor las situaciones futuras para que no vuelva a repetirse esa situación. Por lo tanto, es muy importante que cuando el pequeño experimente esa sensación negativa, nosotros traduzcamos esa emoción, le pongamos nombre y ayudemos al niño a reconocerla y a gestionarla. Para ello, podemos recurrir a ejemplos propios o a cuentos como, por ejemplo, Cuando estoy enfadado (Tracey Moroney), Vaya rabieta (Mireille D'Allancé), ¡No! (Marta Altés) o Rabietas (Susana Gómez y Ana Aparicio).

· No ceder.

Si la situación continúa, debemos mantener la calma y explicar al pequeño cariñosamente por qué no se puede dar la situación que él está demandando, haciéndole consciente asimismo de que comprendemos sus sentimientos y empatizamos con él. Algunas maneras de hacerlo serían, por ejemplo, diciéndole: "Cariño, entiendo que quieras quedarte más tiempo jugando en el parque porque es muy divertido, sin embargo, no nos vamos a quedar más" o "Mi amor, te quiero mucho y entiendo que estés enfadado, pero así no vas a lograr nada".

Puede resultarnos difícil mantener la calma en medio de esa situación, pero debemos mantenernos tranquilos, coherentes y fijar el límite con cariño y respeto. Si hemos dicho que no, es no. Si cedemos el pequeño entenderá nuestra respuesta como un premio y seguirá empleando esa conducta para conseguir lo que desea.

· No permanecer enfadado una vez que haya terminado la rabieta y reconocer los progresos del niño.

Cuando pase la rabieta es muy importante que acojamos al niño. No debemos enfadarnos ni perder el control porque no es algo que el pequeño haya hecho intencionadamente y, además, es algo que probablemente lo asuste y haga aumentar su ansiedad.

Lo más producente será valorar y elogiar verbalmente los progresos de nuestro pequeño en lo que respecta al control de sus emociones. Pues habrá conseguido superar una frustración, habrá aprendido de una experiencia y verá que nosotros valoramos su gran esfuerzo.

Sin embargo, deberemos acudir a un profesional cuando:

  • Nuestros pequeños superen los 4 años y sus rabietas no hayan disminuido
  • Si las rabietas vienen acompañadas de pesadillas, problemas para dormir, dolores de cabeza, problemas estomacales, involución del control de esfínteres, ansiedad, irritación, etc.
  • Si durante su transcurso el niño muestra conductas agresivas, como romper objetos, pegar a otras personas o autolesionarse.
  • Ante cualquier duda que tengamos sobre cómo actuar ante las rabietas.

Referencias:

  • Bilbao, A. (2015). El cerebro del niño explicado a los padres. Barcelona, España: Santillana.
  • Fodor, E. y Morán, M. (2011). Todo un mundo de emociones. La misteriosa vida del bebé. Madrid, España: Pirámide.
  • Fodor, E. y Morán, M. (2014). Todo un mundo por descubrir. El desarrollo del niño de 6 a 24 meses. Crecer jugando. El arte de vivir. Para padres y profesionales. Madrid, España: Pirámide.
  • Soler, A. y Roger, C. (2019). Los terribles dos años y las rabietas (hijos y padres felices). Madrid, España: Kailas.